jueves, 19 de marzo de 2009

Improvisado, suena interesante.

Como todas las mañanas, Esmeralda se levantaba, deambulaba hacia al baño y se duchaba en agua fría para despertar. Mientras desayunaba (dos tostadas integrales con una pizca de aceite) pensaba en su rutina. Lo único que le mantenía viva era su ego. La enorme convicción de poder mostrar al resto, que la belleza se había disfrazado de Esmeralda.

Como siempre, después de desayunar, prestaba 15 minutos de su tiempo al espejo. A mirarse y remirarse, tantas veces como fuera necesario. Nunca se preguntó porque había dejado escapar tantas horas a lo largo de su vida. Era rutina.

Hasta hoy, día en que Esmeralda decidió no perder el tiempo en conocerse a sí misma. Día en que salío 15 minutos antes de casa para encontrarse con su prometido. Día en que vió a su prometido besándose con otra como si le fuera la vida.

Ahora el espejo yace muerto en mil pedazos. Esmeralda no culpó a su prometido. Su ego siempre le impidió ver. Ahora ella también yace muerta.

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